Esa noche abrazada a Kyo dormí como nunca, acariciada por sus patitas, por su suave pelendrera. Tranquila, en paz. Sintiendo como las chinas rebotan sobre el charco mas grande de infinito fin. Fin delimitado por una línea ténue, nítida, muy azul y muy violeta. Colores inimaginables, soñados se mezclaban en mis sueños.
No habían ojos allí, no puedo describir cómo fueron mis movimientos esa apacible noche, noche en calma. LLena de nuevas ilusiones.
Me desperté y ante mí pude contemplar un enorme carro, de aspecto viejo, torturado.
Me quité mis legañas despues de mi primer largo sueño y sin dudarlo me monté en el carro dispuesta a una nueva aventura.
Estaba sentadita como una niña en su columpio, alegre por comenzar, por continuar mi rumbo a la nada. Dentro de ese mundo había que aprovechar toda oportunidad inesperada.
-Quiero volar!, grité.
Kyo me escuchó. Empujó el carro con una de sus patas y se subió corriendo por detrás. Dió un brinco hasta mí. Y como el gatito del amo malo, se sentó a mi vera.
Lo que más me sorprendió fueron las fuerzas que parecía tener aquel pequeño gatito indefenso que recogí la noche anterior.
Ahora y llenos de energía la brisa nos atizaba el pelo. Y la brisa en ellos encomendaba nuestro camino, un destino que jamás fue elegido, pero que sería disfrutado como el que más.
-Fíjate, pequeño! Nos dirige colina arriba.
Kyo se agarró clavando sus uñas en la madera. Yo me deje llevar y volé hasta el siguiente episodio de mi intrigada nueva era.
0:41 domingo 17/01/10
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