Agarrada a dos manos. Bajo la mesa.
Cojo el papel de una de las protagonistas y mientras observo el concierto de mi hija, un hombre me da la mano, quizás a ese que amé durante tanto tiempo, ese que en el fondo se que me querrá más que ningún otro, pero ese que la jode siempre como un cabrón. Egoista, sabelotodo, cabezota, rijoso, apasionado por las féminas. A pesar de todo eso, no le suelto la mano, agarro los recuerdos y aprecio junto a él a un ser que ambos creamos. Nuestra niña tocando.
Por otro lado, acabo entrelazando dedos con otra persona, otro hombre, otra mano. Una que me aleja de mis raices, una que me invita a volar, una que me regaló esperanzas, una de la que estoy agradecida. Uno con el que encuentro lo nuevo, lo posible. Al fin y al cabo, un hombre que como yo, anda perdido. Perdido en los mismos sueños. No la suelto. No quiero soltarla porque fui yo la que le pinchó, buscando sus caricias. Y aquí estoy, provocando su sonrisa.Me encuentro agarrada a dos manos y jamás me vi más en desequilibrio. Menos mal que estoy sentada y ninguno ve más allá de encima de la mesa.
Pondré la vista en blanco y la mente en negro, quiero apreciar lo que veo, no lo que siento.
1 comentario:
Mmmm...más bien la jode por gilipollas, jeje. Sea como sea me quedo con Hank Moody...y seguro que ella también; es más auténtico.
Publicar un comentario